19 de noviembre de 2014

“Y eso en los códigos del fútbol no es aceptable”




“Y eso en los códigos del fútbol no es aceptable”


Cuando aparece en la cancha un ser capaz de hacer con la pelota lo que su imaginación crea, acude al estadio la verdadera magia del futbol. Veintidós hombres (o mujeres) logran desplegar en un terreno demarcado y con dos porterías, aunque estas sean sólo dos ladrillos reglamentarios, la certeza de la entrega, el sacrificio y el talento al utilizar todo el cuerpo humano para divertirse con un balón.

El futbol es un deporte que desborda alegría, y esa alegría no solo proviene de los goles, aunque como diría Galeano sin dudas el gol es el orgasmo del futbol, pero correr, disputar cada pelota, hacer un túnel, un ocho, una barrida sobre el borde del área propia y robar el balón, atajar un penal son sensaciones fascinantes que desmienten la imagen falsa de encontrar la felicidad solo cuando se infla la malla rival. 

La idea de hacer del gol la única gesta capaz de arrancarnos el éxtasis de la felicidad es una idea cómplice de entender el fútbol como un juego funcional y productivista, donde la pasión y el mismo “aguante” desaparecen como posibilidad, comulgando con la noción de darle la espalda a nuestro equipo si no produce y no consigue victorias. 

Por esto resulta inconcebible el reproche de periodistas empotrados en el fútbol negocio a las fantasías que aunque cada vez son menos, regresan a los estadios colombianos, pensar que este tipo de jugadas contraria los “canones” del futbol es respaldar la idea de un futbol que se vive más en las vitrinas que en las propias canchas, un futbol opaco y gris que debe responder a los grandes intereses empresariales y no a la pasión del futbolista y la afición. 

Poder ver un regate de Garrincha, un pase majestuoso del Pibe, una atajada propia de un gimnasta como las de Lev Yashin (la araña negra), un túnel y un encare con los que Ronaldinho se ganó al Bernabéu, la rebeldía en la cancha de Sócrates, el futbol total de toda una Naranja Mecánica, la picardía y la mano de un Maradona, la gambeta de un Cuadrado solo han sido posibles porque estos futbolistas se han negado a respetar dichos parámetros. El grandioso gesto de Elton Martins, jugador del Medellín enfrentando al Deportivo Cali el domingo pasado por el torneo colombiano es la posibilidad de avistar nuevamente esa rebeldía, picardía y travesura convertidas en gestos técnicos dentro de un terreno de futbol, si para ver nuevamente semejante espectáculo en nuestros estadios y de paso en nuestros potreros se deben romper los dichosos “canones” en hora buena la ruptura!
Lo que “dios Antonio Vélez” parece respaldar es el pie mal intencionado, el puño a espaldas del juez, la zancadilla y el reclamo contra esos talentos, magos y artistas que plasman su imaginación en una pelota, estos parecen ser los códigos del fútbol que los periodistas quieren hacer respetar.

Al fin y al cabo, con la mercantilización de prácticamente todas las esferas de la vida, lo que importa es el rating, la sintonía y los “clics” en una publicación, pues es lo que cuenta para las empresas. Así, más vende la jugada cuando se impregna de morbo y revanchismo, que por su calidad técnica y su aporte a la alegría de la gente. Cuando ha salido en un comercial de Nike o Pepsi, esos del Jogo Bonito, no ha generado reacción ni parecida.

Por eso que no nos vengan con esos cuentos, el fútbol como un deporte y un lenguaje universal es mucho más que las pretensiones todopoderosas de los que no lo entienden, o no lo quieren entender, más allá del 4-4-2. Bienvenida sea la rebeldía en el fútbol, bienvenida la lucha contra los formalismos, contra la normalización de la vida y las costumbres. Más barrio le falta al fútbol profesional para la alegría de nuestra gente, al fin y al cabo “barrio es pueblo, y pueblo es calle”.