18 de noviembre de 2014

Los diálogos deben afrontarse superando la idea moral de identificar buenos y malos




Los diálogos deben afrontarse superando la idea moral de identificar buenos y malos


La real posibilidad de afrontar una salida negociada a la confrontación de más de cinco décadas no pasa únicamente por la disposición de las partes enfrentadas a ponerle fin a la guerra, requiere de la madurez humana y si se quiere política de todos los colombianos de afrontar nuestros problemas sin limitarnos a juzgar todos los hechos, actores y propuestas desde la óptica moral del bueno y el malo. 

El conflicto colombiano quizá representa una de las confrontaciones armadas con mayor extensión en el tiempo del mundo occidental, hoy Colombia sigue contando con varias estructuras armadas que indiscutiblemente de los matices ponen en entredicho una de las máximas de la ciencia política weberiana, el monopolio de la violencia por parte del Estado. Estas estructuras por supuesto no sólo son aquellas que han decidido confrontar al Estado bajo la modalidad insurgente, allí también subsisten estructuras paramilitares (hoy maquilladas bajo el término de bacrims) que de alguna forma impiden el ejercicio normal del estado en ciertos territorios.

La naturaleza de nuestra guerra ha implicado la imposibilidad militar de la victoria por parte de las guerrillas, pero sin duda estas tampoco han podido ser derrotadas por las Fuerzas Armadas colombianas, ni siquiera con el no despreciable apoyo paramilitar. Aun cuando los proyectos guerrilleros parezcan estar más cercanos a la resistencia armada que a la ofensiva militar, lo cierto es que son una realidad y para pretender su desaparición o por lo menos su transformación hacia proyectos políticos sin armas debe necesariamente pasarse por unos diálogos y acuerdos de paz.

Dese Belisario Betancur (82-86) esta idea ha rondado a los jefes de gobierno sin excepción hasta hoy, ni siquiera aquellos de orden más guerrerista como Uribe pueden aseverar no haber buscado negociar con el ELN y las FARC. Los diálogos con Betancur a pesar de no convocar al conjunto de la insurgencia dado que proyectos como el ELN el MIR-Patria Libre y el PRT no se sumaron a las conversaciones, son quizá uno de los procesos con mayor alcance, las FARC, el EPL, el M-19 y otras agrupaciones firmaron acuerdos de cese el fuego y trataron de desarrollar procesos políticos sin armas que sin embargo, fueron acribillados por el naciente paramilitarismo que a todas luces opero en conjunción con los altos mandos militares como demuestra la experiencia histórica de la Unión Patriótica y el Frente Popular. Sin dudas el final de estas negociaciones no sólo obedeció a las oposiciones encontradas en la jerarquía militar y en las elites regionales, también lo hizo la pervivencia al interior de las insurgencias de proyectos estratégicos donde la guerra constituía un camino factible para sus objetivos políticos.

La desmovilización del M-19, una fracción del EPL, el Quintín Lame y el PRT como resultado de negociaciones con el gobierno de Virgilio Barco (86-90) y del propio Cesar Gaviria (90-94) no significaron el desarme del ELN y las FARC, quienes incluso intentaron de manera conjunta una negociación con Gaviria bajo la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, que se vio truncada por múltiples factores, entre ellos el secuestro del ministro Argelino Durán por parte del EPL, pero también por sucesos como el bombardeo a Casa Verde que significo que el diálogo arrancara truncado.

Sin dudas la negociación más paradigmática con la guerrilla de las FARC ha sido la enmarcada en el proceso del Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana (98-2002), que incluso corría paralela a las conversaciones con el ELN cuyo proceso fue impedido por las presiones paramilitares en lo que se pensó como la Zona de Encuentro en Santa Rosa, Sur de Bolívar, impidiendo su instalación. 

Muchas han sido las razones aducidas al fracaso de estas conversaciones, (secuestros, acciones militares, etc.) sin embargo, como el llamado ha sido a abandonar el juicio moral de detectar a buenos y malos, preferimos optar por la idea de ver allí dos proyectos que se sentaban a conversar con la idea de hacer un alto en la ofensiva militar sin abandonar la idea de derrotar a su adversario. Pastrana jamás ha merecido el título del presidente más tonto del país, pues si concedió despejar una gran zona a la insurgencia no desestimo esfuerzos en la firma del Plan Colombia y la profesionalización de las Fuerzas Armadas por entonces muy golpeadas, incluso en su moral de combate, ingeniería sin la que el Plan Patriota y el Plan Consolidación del gobierno de Uribe habrían sido solo una fantasía. Pero las FARC también acudieron con la intención de reforzar su Plan Estratégico y de re oxigenar su prestigio y legitimidad como proyecto político lo que sin duda dejaba poco espacio a una seria intención de paz.

Las conversaciones adelantadas con el gobierno Santos parecen ofrecer intenciones serias de paz, por parte de los tres actores. Sin duda la concepción de paz varia conforme a cada uno, así la apuesta de paz del gobierno no es la misma del ELN ni tampoco de las FARC, pero parecen compartir no sólo el reconocimiento del adversario sino también la franqueza en la necesidad de pactar con éste su propia transformación como proyectos políticos, incluso el propio gobierno que quiere mostrarse como una opción de tercera vía, la apuesta estratégica de los tres negociantes es la paz, con sus innegables matices. 

El momento crucial por el que pasan estas conversaciones una vez más llama a la madurez humana y política, si las conversaciones han decidido desarrollarse en medio de la confrontación armada, la guerra pondrá también sus condiciones, no resulta para nada sensato aplaudir la arremetida militar del Estado y sus positivos militares y, condenar ferozmente una acción lógica de toda confrontación armada, la retención de un mando enemigo. Incluso parece más insensato vanagloriarse de la muerte de un mando enemigo que su retención y respeto por su vida, esto nos pondría en una escala de valores donde “dar de baja” resulta más ético que cualquier otro tipo de trato hacia el adversario, así, la muerte de Alfonso Cano parece una muerte buena, mientras la retención de un General de la República, el General Alzate comandante dela Fuerza de tarea Conjunta Titán parece un acto de barbarie, dos hechos lógicos e indeseables de la confrontación armada juzgados desde la moral parecen entonces productos de eventos y escenarios totalmente diferentes.

El llamado constante por parte de las dos insurgencias colombianas a pactar un cese bilateral al fuego podría ser no sólo un ambiente propicio para las conversaciones, sino un factor decisivo en la reducción de estos hechos que se suman a la retención de los soldados en Arauca y la muerte de los indígenas en el Cauca.