30 de mayo de 2016

LA HUERTA DE ENRIQUE: Sobre la ocupación al Bronx.



En días anteriores las calles del Bronx han vuelto a ser el centro de los lentes y los teclados de varios medios, todo esto con ocasión de la “recuperación” de la que busca ser objeto por parte de la nueva administración de la capital. Con alarma se han presentado los desordenes provocados por habitantes de calle que confrontan a la policía, según la alcaldía, incitados por organizaciones criminales. 

Los contrastes fuertes que se advierten en situaciones como esta nos remiten a pensar en lo deseable y lo indeseable de Bogotá. Esas calles sucias que en la cotidianidad preferimos olvidar propios y extraños, para fijarnos mejor en la belleza de la Candelaria, merecen durante estos días más que nunca algo de nuestra atención y empatía.  Algo tienen esas calles que siguen después de la Carrera 10, que las constituye como escenario de conflictos. Históricamente han sido de una forma u otra el espacio de luchas entre la otredad indeseable y la “recuperación”, “regeneración” o “restauración” establecida por la ciudadanía “decente” que hoy representa Enrique Peñalosa. 

A unas cuadras de la actual calle del Bronx, pero en 1810, se gestaba una de las revueltas más determinantes en las luchas por la libertad y la soberanía de nuestro pueblo. Liderada por José María Carbonell, se desarrolló una pueblada en la actual plaza de San Victorino que desconoció a la junta suprema y fue la que le puso los grilletes al virrey Amar y Borbón, llevando la confrontación a lugares poco deseados para algunos de los criollos patriotas que dirigían el levantamiento desarrollado a unas cuadras de allí en la que hoy es la Plaza de Bolívar. Pablo Morillo, “el pacificador”, quien dirigiera la campaña de reconquista española, persiguió y acabo con la vida de muchos y muchas revolucionarias de aquellos tiempos. En su momento reseñó con desprecio en sus informes a la revuelta plebeya dirigida por Carbonell como una “junta tumultuaria”, y a este como uno de los hombres “más perversos y crueles entre los traidores”.

Volviendo un par de cuadras atrás, en la que hoy constituye la gran puerta del Bronx, la plaza de los Mártires fue otro escenario de las disputas que señalamos. Para 1816, este lugar era conocido como “La huerta de Jaime”, tristemente celebre en nuestra historia por ser uno de los campos de ejecuciones de la reconquista en la que cayeron decenas de patriotas entre los que cabe destacar, además de Carbonell, a Camilo Torres (el otro), la Pola y Antonia Santos.

La Pola murió ahorcada y Antonia Santos quemada como las brujas castigadas por la inquisición. Ambas cometieron el mismo delito que miles de mujeres siglos atrás: participar activamente en la vida publica con conocimientos restringidos para su condición de mujer. La mixtura que les implicaba ser americanas, revolucionarias y mujeres les valía para ser parte de la “otredad indeseable”; todo lo que el virreinato no esperaría de las buenas siervas del Rey. En la misma plaza, pero a finales del siglo XIX, se levantaría la iglesia del Voto Nacional como promesa de los “regeneradores” a la santísima providencia de preservar la fe católica a cambio de los favores necesarios para ganar la guerra definitiva a lo que pudo haber sido lo mejor del progresismo liberal de su siglo. Esta iglesia es símbolo de los 50 años de hegemonía conservadora iniciados con la “Regeneración”, proceso que estableció las bases reales de lo que sería el estado colombiano hasta nuestros días, y, consecuentemente, de los conflictos sociales que aún hoy siguen sin resolver; es decir: de lo subterráneo del hecho social vivido en el desalojo de los y las habitantes de calle en el Bronx.

Además de ser actores que se insertaron en un escenario de conflicto que aquí se ha acotado a algunas cuadras entre la Plaza de los Mártires y la de San Victorino ¿Que tienen en común Pablo Morillo, los dirigentes de la Regeneración y Peñalosa? En todos los casos su programa político esta motivado por un espíritu que va para atrás, y no lo decimos acusándolos necesariamente de reaccionarios (mal que les pese), hecho manifiesto en sus propias consignas “restaurar” el dominio de la corona, “regenerar la nación” y “recuperar Bogotá”. En los tres casos, han liderado las exigencias de lo que podemos llamar “la gente de bien” frente a la “chusma” para cada uno de sus tiempos históricos (llámese esta india, salvaje, atea, ñera, indigente, etc.). No parece descabellado pensar este conflicto en el marco de lo que ha sido la contradicción originaria de las naciones latinoamericanas: “Ser o no ser indios”, “Ser o no ser negro”; incluso podríamos preguntarnos ¿Cuanto se habrá desvelado Peñalosa buscando las formulas para que su Bogotá recuperada llegue a ser como la París en que se “formo” o su Washington natal? 

Podemos pensar además que combatir las “turbas mugrosas” de criollas, indígenas, campesinas y negros insurrectos, e indigentes drogadictos, es a la larga combatir una otredad a la que por medio de la violencia se le niega su humanidad. Características compartidas generalmente por los conflictos propios de la colonialidad, entre lo blanco-europeo, y todo lo demás que no lo es. 

A la larga los habitantes del Bronx constituyen hoy por hoy en el pensamiento hegemónico una de las manifestaciones de todo lo que no es una “persona decente”, las violencias cometidas en su contra se presentan como poco más que males necesarios para “recuperar” un espacio publico ocupado por quienes en este tipo de sociedades no tienen derecho a hacerlo. Claramente también es una manifestación de otro tipo de conflicto, entre quienes no poseen absolutamente nada más que la cobija que cargan y quienes poseen las empresas y las fuerzas de seguridad necesarias para plantearse la “recuperación” del espacio publico. Es en efecto manifestación de la lucha de clases, y como lo plantea Mariano Dubin, en nuestros países las luchas de clases también están inscriptas en el color de la piel. Ya sea por la herencia de negros, negras, mulatas e indígenas; o por el mugre acumulado por la calle que tiñe la piel y el ambiente. En cualquier caso es el hedor de América que tanto avergüenza en el mundo a nuestras oligarquías. 

Peñalosa reedita un conflicto que ya impuso en Bogotá a finales de los 90 con la calle del cartucho, y que claramente además de las marcas de la violencia, solo disperso las problemáticas sociales que en la situación de calle se hacen manifiestas. Hoy la única forma posible de solucionar íntegramente este flagelo, hubiera sido profundizar los planes desarrollados durante la Bogotá Humana destinados justamente a humanizar la condición de calle, inscribiéndolos en un programa de transformación profunda de nuestro país. No solamente pensando en las instituciones, sino también, y fundamentalmente, en las mentalidades, en un proceso en el que los flagelos cometidos contra poblaciones vulnerables sean sentidos como propios por todos y todas las Colombianas. Una refundación de la patria que busque preguntas y respuestas en lo profundo de Nuestra América india y cimarrona; en las “juntas tumultuosas” de Carbonell y la herejías rebeldes de la Pola y Antonia Santos; en la humanidad de los y las negadas que hoy por hoy en Bogotá tiene el rostro de los ñeros y las ñeras para quienes es todo prohibido, como bien aprendería el pequeño Enriquito en sus clases de ingles, empezando por el “ser” y el “estar” en la calle.