1 de marzo de 2016

A PROPÓSITO DE LA SEMANA CAMILO TORRES: LAS DIMENSIONES DE LA UNIVERSIDAD EN NUESTRA SOCIEDAD*



A PROPÓSITO DE LA SEMANA CAMILO TORRES: LAS DIMENSIONES DE LA UNIVERSIDAD EN NUESTRA SOCIEDAD*


Ojalá, que en las universidades sigan surgiendo académicas-deportistas, sacerdotes-sociólogos, abogados-novelistas-pintores, militantes-científicas, políticos-ingenieros, entre otros, que en interacción propongan y definan nuevas formas de la producción académica y de saberes múltiples.
 
S. E.
Miembro del grupo de investigación Teopoco


A propósito de la semana Camilo Torres conmemorada en la Universidad Nacional de Colombia hace unos días, se re-abren debates en torno al lugar de la universidad en nuestra sociedad, sus límites y su relación con las ideas políticas y religiosas de quienes la conforman. Para formular la cuestión podría preguntarse: ¿ciencia, religión y política deben plantearse como ámbitos separados y excluyentes entre sí para la comunidad universitaria?


En primer lugar, pensar que la sociedad se encuentra dividida en ámbitos que no se intersectan, o no deberían hacerlo, así como pensar que la universidad es el lugar donde el conocimiento se produce inmaculado y alejado de toda la contaminación de la política, los juicios de valor y las religiones, constituye un error fundamental, que atenta contra la manera conflictiva como ésta misma se desarrolla y contra lapotencia de las ideas de universidad y de múltiples prácticas universitarias.

En la medida en que las relaciones sociales no están segmentadas y divididas en ámbitos independientes, la realidad social deviene toda; converge y aparece de forma múltiple. Por ejemplo, en la vida cotidiana no dejamos de ser hermanos o mujeres, para ser trabajadoras o arquitectos; sino que siendo hermanos, estamos apelando a ser mujeres y al tiempo abogados y simultáneamente dejando de ser hombres. Utilizando una sentencia grosera por su generalidad, nos encontramos situados en distintos órdenes y lugares que se entrecruzan de forma conflictiva y a partir de los cuales intentamos definirnos a nosotros, definir al “otro” y definir al mundo.

De esta misma forma funciona la universidad, y en tal sentido no puede ser que aún hoy se esté pensando que entrar a la universidad es entrar a un lugar de “prestigio” y de “cultura” alejado del conflicto social y en el cual asumimos el rol de observadores que deben aislarse de los problemas sociales y luego escribir libros y artículos desde el ámbito pulcro y objetivo del conocimiento. Contrariamente a esto, la particularidad de los distintos centros o lugares de reflexión y crítica, como las universidades, es que para leer un libro, para resolver un problema de la ciudad, para evaluar una política pública o para pintar un lienzo, no se puede dejar a un lado las preguntas, ideas, prácticas y creencias personales y colectivas como si fueran prendas de vestir que se quitan y se dejan en un pechero en la portería de la entrada a la universidad.

Evidentemente los límites entre la política, la academia y lo religioso son difusos tanto en la sociedad como en la universidad. Tal “confusión” o “falta de límites”, lejos de constituir una falencia, hace evidente la conflictividad propia de prácticas e ideas que en la universidad jalonan la reflexión y el debate permanente en función de la construcción social y múltiple del conocimiento. En el terreno de la universidad, en otras palabras, sería deseable que reinara la confusión y la imbricación de distintos ámbitos y saberes en tanto son la fuente de nuevas formas de relación, interpretación y conceptualización posibles; o, en términos prácticos, nuevas formas de sociedad, universidad y país pueden ser pensadas y proyectadas en un futuro no tan lejano.

Resulta necesario recordar, además, que la pretensión de objetividad, imperativo que aún hoy en día es practicado en distintas universidades, no ha sido más que un movimiento de las subjetividades (de posiciones particulares) para ocultar distintos lugares de enunciación y privilegiar, en la mayoría de los casos, el canon, el lugar tradicional y todo lo reconocido ad verecundiam (por autoridad).

Desde mi perspectiva, la reflexión académica, fundamentalmente, se encuentra articulada a la noción de “crítica”; labor que, como mostrara Marx, dinamiza la cultura o, en otras palabras, hace evidente el carácter contingente de las instituciones y de los saberes. En el ámbito de la academia, por tanto, ya se trate de ciencias naturales o sociales, si la crítica constituye su punto central, el científico –en tanto científico y no a pesar de ser científico– toma partido. Es inevitable que tal evento ocurra, entendiendo que la política y la religión no se reducen a imperativos o dogmas, sino que se articulan desde el pathos(ánimo) de la academia: la investigación y proyección de la vida social.

Ojalá, que en las universidades sigan surgiendo académicas-deportistas, sacerdotes-sociólogos, abogados-novelistas-pintores, militantes-científicas, políticos-ingenieros, entre otros, que en interacción propongan y definan nuevas formas de la producción académica y de saberes múltiples.

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*Texto formulado a manera de respuesta a la editorial de Mauricio García Villegas, publicada en el espectador el 19 de febrero de 2016: http://www.elespectador.com/opinion/semana-camilo-torres