28 de junio de 2013

Medios de comunicación y libertad de expresión en la universidad Nacional. ¿lo público al servicio de quién?



A la memoria de Diomar Humberto Angarita, Diermides Palacios, Leonel Jácome y Edison Franco
víctimas mortales del Terrorismo de Estado en el Catatumbo.

La Universidad Nacional de Colombia es un reflejo de la sociedad colombiana y como institución del
Estado mediante la cual, junto con la escuela, los grandes medios o la iglesia, la clase dominante
construye hegemonía para mantener sus privilegios, repite los esquemas de exclusión política y
profunda antidemocracia por falta de dos conceptos centrales que deberían regir para un centro público
de formación, los cuales son la autonomía y la democracia.

Tanto la participación política como la libertad de expresión son propiedad exclusiva de la clase
dirigente del país la cual ha monopolizado tanto el poder político, el económico, el financiero como los
medios masivos de comunicación. Es diciente que las personas más ricas del país manejan tanto el
sistema financiero como los grandes medios, llámense RCN, Caracol, City TV, El Tiempo o El
Espectador mientras que la televisión pública es prácticamente inexistente configurándose como única
excepción Canal Capital en el último periodo aunque aun con serias limitaciones especialmente en lo
que a difusión se refiere.

Y mientras esto sucede en el país, en la Universidad Nacional se repite lo mismo a menor escala. El
rector es impuesto por el Consejo Superior Universitario que es controlado por el gobierno nacional
que a su vez es elegido gracias al poder económico, financiero, mafioso y mediático. Y de ahí para
abajo la situación es la misma, las demás directivas son puestas a dedo y Unimedios, tanto en prensa
escrita como en la página de internet y en la emisora, habla de todo menos de las crisis internas de la
institución mientras obedece ciegamente a los mandatos de la dirección de la universidad sin
participación alguna del estudiantado como si éste tuviera nada que decir o más bien como si fuera el
enemigo interno que hay que acallar.

La antidemocracia en el gobierno de la universidad es total. Reformas inconsultas a la comunidad
académica, proceso de claustros y colegiaturas que sólo sirven para aparentar participación porque no
son tenidas en cuenta, consultas a estudiantes, profesores y egresados que son sólo una pantomima,
arbitrariedades como el perverso nuevo examen de admisión en donde a la mayoría no se les permite
escoger carrera, en fin, una institución casi dictatorial cuyo régimen no puede ser puesto en peligro y
por eso su poder mediático, Unimedios, no permite una sola voz disidente al régimen del quinto piso
del edificio Uriel Gutiérrez.

No se permite un sólo comunicado enviado por la representación estudiantil al correo masivo, una sola
referencia en los medios oficiales de la Universidad a las protestas, paros, marchas o problemas al
interior del campus si no es para condenarlos, eso sí, dejando limpia la imagen de las directivas, las
cuales se convierten mágicamente en víctimas. Unimedios sirve para expresar y analizar los problemas
del país pero jamás para discutir sobre sus propios problemas y para qué si un “campus de talla
mundial” tiene que esconder sus conflictos debajo del sillón de plumas de ganso porque para el rector
lo importante es aparentar.

Mientras los grandes medios de comunicación en Colombia mienten y ocultan cómplicemente los
crímenes del terrorismo de Estado, como actualmente ocurre en el Catatumbo, de la misma manera
Unimedios no permite nunca un debate sobre un paro estudiantil o de trabajadores, mostrando sólo la
versión oficial, la de las directivas.
Pero afortunadamente la Universidad es mucho más de lo que quiere el gobierno que la desea poner en
su bolsillo, eso sí, sin financiarla, o de su rector y vicerrectores ilegítimos. La UN es su comunidad
académica y le pertenece a la sociedad en su conjunto, por eso no se queda callada ni se pone de
rodillas ante el poder ilegítimo.

Mientras Unimedios calla, las paredes hablan, mientras el poder aparenta, la comunidad debate sus
problemas y como los medios institucionales no informan o muestran sólo lo que les conviene, surgen
escenarios de información contrahegemónica y de contrainformación para hacer frente al cerco
mediático, sin la capacidad económica ni de difusión pero que se hacen escuchar. Y es, entones, éste un
escenario de debate ideológico donde se disputa la hegemonía. La maquinaria contra lo alternativo, lo
homogéneo contra lo diverso, David contra Goliat.

Por eso mismo creemos que la intención de comunicar no debe ser coartada bajo el estereotipo de la
comunicación como un privilegio para instituciones especializadas, con recursos y una estética
definida; comunicar es un derecho de todo ser humano, necesario para que se le tenga en cuenta, como
él lo desee hacer, obviamente bajo la premisa del respeto a las ideas del otro, con el debate como único
mecanismo de confrontación.

Como medios alternativos, nuestro accionar no solo pasa por cubrir lo que sucede e informarlo, sino
ubicar de dónde provienen esas noticias, qué intereses hay en el fondo, cuestionar el orden existente y
hasta tomar posición sobre lo acontecido; y en el caso especifico de este debate sobre la libertad de
expresión y el uso de lo público hay mucha tela por cortar. Como en muchas publicaciones hechas por
nosotros, lo hemos mencionado, no es la primera vez que se pone en la mesa y de manera parecida este
debate en la universidad; claro que hay gente que quiere las paredes blancas, claro que hay gente que
está en desacuerdo con las propuestas que provienen de los revolucionarios, aún más claro que existe
mucha gente en desacuerdo con el accionar clandestino, así como está claro que hay muchos en
desacuerdo con la sátira y el saboteo como único mecanismo para dar los debates.

La Universidad Nacional por su composición tan diversa –fruto del origen y las múltiples experiencias
que han vivido los individuos que hacen parte de la misma - es un escenario de exposición de
multiplicidad de posiciones y propuestas, algunas que se complementan, otras que se contradicen. Sin
embargo desde hace mucho tiempo no se veía tan fuerte el renacer de variadas iniciativas que
influenciaran con tanta fuerza a la comunidad universitaria; sólo para mencionar algunas, podemos
hablar esté semestre de los compañeros que se movilizaron en contra de la expropiación de los terrenos
de la universidad, todos los que se han expresado a favor de la renuncia de Mantilla, los que exigen una
constituyente universitaria, los que cuestionan las pintas en la universidad y plantean redefinir el uso
de lo público. Y aunque todas han buscado sumar a los estudiantes con el único fin de mejorar la
universidad, han existido discordias entre unas y otras, aún mas, se han conformado sectores entre los
que están de acuerdo con una u otra propuesta y los que no.

Pero frente a esta situación, sería imposible no mencionar que la propia identidad de la universidad se
ha construido con las iniciativas de todos aquellos que se han esmerado por cambiar los “paradigmas”
frente a lo que debería ser la universidad –tanto hacia adentro como hacia afuera-, ejemplo de esto la
lucha por que la plaza Che no se llamara plaza Santander como la institución lo deseaba; por hacer
pintas y murales en honor a nuestro pueblo campesino, indígena, trabajador, que claramente no está
presente en los intereses que dan origen a la Educación superior; por hacer placas y bautizar edificios
para no dejar olvidar a todos aquellos que han muerto por un mundo distinto, ni las ideas por las que
murieron; por informar y dar a conocer de una manera diferente nuestros pensamientos, iniciativas,
inconformidades.

Esta identidad se ha construido de manera plural y diversa, con el común denominador de re apropiar el
territorio, de darle contenido a las cosas no solo por su función, sino por su historia, y esto no solo lo
hacen los revolucionarios, sino los estudiantes de artes, de diseño, que recrean los espacios existentes
plasmando sus ideas en distintos lugares; incluso hubo quien no se puso a blanquear las paredes sino a
pintar lo que quería, con una característica que nos incomodó a muchos y es que para hacerlo se valió
de las ideas ya existentes transformando su contenido en vez de pintar sus propias propuestas.

Para nosotros está muy lejos de nuestras intenciones una universidad sin colores, sin ideas, neutra como
la desean algunos desde el poder como el vicerrector de sede. Creemos que la pinta y el mural es una
forma de comunicación y que la comunicación es una necesidad en la actualidad, sobre todo cuando la
institucionalidad y los medios masivos informan solo que les conviene y desconocen las alternativas
que el pueblo plantea.

Consideramos que la disputa por los papeles pared de la UN debe hacerse en el ámbito de la
creatividad, en el ámbito del color, de la escritura, en las arenas de lo creativo y de lo expresivo. Es
sorprendente cómo algunos alzan banderas para borrar con blanco las libertades que desde antes que
todos naciéramos nuestros ya maduros compañeros conquistaron. El discurso de la neutralidad de un
color no se sostiene cuando este color se impone sobre lo que otros han hecho con amor, a lo que otros
le otorgan significado. La libertad de la que aun gozamos no es retórica, es factual: pocos son los
espacios en Colombia en que puede plasmarse materialmente lo que se piensa sin ser condenado, sin
ser criminalizado y sin que se le encarcele o dispare. La UN aún sigue siendo un espacio abierto para
que jóvenes como Diego Felipe Becerra vengan y hagan su arte y no sean asesinados en las calles o
sean encarcelados, maltratados, forzados a lavar estaciones y baños de policías.

El blanco no nos representa a todos, los colores no solo se viven en la óptica, sino también en la
subjetividad: para nosotros el blanco es el color de la Colonia, el color en que se pintan decenas de
edificaciones en Cartagena, Mompox y Popayán que nos recuerdan la cuadrícula arquitectónica
española, el sometimiento, la imposición, la aniquilación de la expresión. Por eso hemos hecho del
blanco el color del papel, el color en que se escriben las ideas de libertad. Nuestro puño tiembla
eufórico cuando la retina descubre la uniformidad incólume, la frialdad expresiva, la sobriedad
desabrida de este color. Blanquear las paredes de la UN equivale para nosotros a quitar las palabras de
un libro abierto desde décadas, un libro ganado a pulso por los compañeros que nos precedieron, un
libro al alcance de nuestras manos que no necesita de autorizaciones, erratas, consejos editoriales, ni de
inquisiciones para ser escrito. Son cientos de páginas que esperan por ser llenadas con palabras y
dibujos, están disponibles a todas las edades, a todos los colores de piel, a todos los géneros, a todas las
nacionalidades y también disponible para ser escritas por ustedes.

El llamado que hacemos es a que todas las expresiones religiosas, deportivas, políticas, filosóficas, etc.
se apropien de una pared en la universidad, si necesitan una de las que hemos pintado, están
autorizados a tomarla, tenemos pintura suficiente para pintar junto a las de ustedes muchas más.
Estamos convencidos de que la crítica al supuesto “monopolio” de las paredes, también puede hacerse
creando y no señalando la congestión de discursos gráficos con la misma mano que daña el trabajo de
compañeros, la mano que destruye, que vulnera lo que otros consideran respetable y que acepta el reto
de crear. La censura y la prohibición sobre la libertad de expresión no han sido impuestas por nadie en
la UN, creemos que no debe ser tolerada en este tablado de discusión de ideas y confrontación pacífica
y constructiva de subjetividades. Cuando se pretende poner fuera del lugar de visibilidad y escucha a
un discurso se censura, eso no los enseña en su Orden del Discurso Michele Foucault.

La politización de la Universidad Nacional de Colombia que se hace patente en muchas de los escritos
en sus papeles pared no debe asumirse como impuesta, establecida por alguien. Entenderán todos los
presentes que no existe en la universidad un monstruo comunista, de piel roja y dos metros de altura
armado de martillo y de una hoz, dispuesto eliminar quien ose vulnerar las marcas de su territorio.
Creemos que la UN es un escenario donde numerosas líneas de fuerza, matices discursivos y políticos
surcan el espacio científico e intelectual. Las asimetrías que tanto son vociferadas deben entonces
excitar el trabajo y la creación en este espacio de ideas y pensamientos. Estamos seguros de que este
desafío está muy a la altura de la dignidad de nuestros detractores y que no escasean en ellos
capacidades e ingenio para llevar un poco más acá de la creatividad y la expresión algunas de las
“practicas de libertad” que usan el color blanco para superponerse invisibilizando discursos de los
otros.

La tarea de modificar las asimetrías políticas en el discurso que se expresa en ideas, en acciones de
confrontación y en pinturas en la paredes, esas mismas asimetrías internas que rejas afuera han
configurado un estereotipo de universidad en la mayoría de los habitantes de la ciudad y del país,
implica desarrollar una nueva manera de hacer las cosas, una manera pacífica y respetuosa de buscar
los mismos o diferentes objetivos a partir de un nuevo crear, de un nuevo cómo, de un nuevo para qué,
de un collage de nuevos verbos y nuevos adjetivos que no son blanquecinos ni homogéneos. Esta labor
es sana y significa que se está en buen estado el espíritu de la universidad, pero insistimos en que no se
encuentra a la medida de brochazos blancos y de actitudes de confrontación, de choque y de
actuaciones que algunos consideran como irrespeto hacia sus ideas, historia y organizaciones.
Consideramos que nuestras actuaciones sociales deben atenuarse, ponderarse y encausarse, en parte,
por lo que el otro considera que lo vulnera o lo agrede, este es uno de los pilares de nuestro concepto de
convivencia.

Hacemos un llamado a que el debate se extienda, se densifique y precipite en modificaciones y
acuerdos que impliquen el respeto mutuo entre compañeros que divergen en sus apreciaciones respecto
a las “practicas de libertad” en el seno de la universidad. Para ello consideramos que debe remitirse
toda confrontación a las arenas del diálogo y del pensamiento, y que pueden ocasionarse fricciones si
se siguen lastimando gráficamente las expresiones a las que compañeros otorgan significado histórico,
político y afectivo, siendo calificadas estéticamente cómo prosáicas y políticamente inaceptables,
siendo alteradas y destruidas en su materialidad significante por quienes esperamos asuman el desafío
de crear sus propios murales y de hacer política más allá del color blanco, de la invisibilización y de
una neutralidad discursiva que no debe imponerse al estudiantado, ni que es sano para el flujo y la
dialéctica de las ideas que imprime su sello particular a la academia. No es apropiado seguir insistiendo
en que las paredes exhiban ese mismo color de la ceguera de Saramago, el mismo color que hizo surgir
en aquella ciudad lo más detestable, lo más horroso, lo más egoísta del espíritu de aquellos hombres.
Nosotros nos resistimos a seguir viendo en color. Seguimos reivindicando el amor entre el estudiante y
su papel pared de la UN en que pueda plasmar espontáneamente y sin restricciones el precipitado
sagrado de su subjetividad.

También hacemos un llamado a democratizar el monopolio rígido de los medios de comunicación de la
Universidad Nacional. La comunidad académica, en especial el estudiantado, no tiene esa minoría de
edad kantiana ni es ese enemigo interno que el poder hegemónico de la institución cree de forma
paranóica, creencia basada en la ilegitimidad del rector que no representa a su comunidad sino a quien
lo puso en ese puesto, el gobierno nacional.

La Universidad Nacional no puede seguir repitiendo los esquemas antidemocráticos según los cuales
quienes tienen el poder deciden qué se comunica y que se acalla, sea en una pared, en una instancia de
decisión o en la prensa.
¡Que venga Colombia y que pinte sin temor su universidad multicolor