13 de febrero de 2012

EL ABUSO SEXUAL SIGUE SIENDO UN ARMA DE GUERRA




Por estos días se lee con rabia y mucha indignación, como varias mujeres, defensoras de derechos humanos y lideres de diferentes poblaciones, en especial poblaciones desplazadas, han sido víctimas de la fuerza pública y grupos paramilitares. Estas mujeres, maltratadas, humilladas e indignadas, acusan al ejército y a grupos paramilitares de ser los autores de abusos sexuales cometidos contra diferentes lideresas. Los últimos casos conocidos, perpetuados por bloques paramilitares en Bogotá, fue el de cuatro lideresas, una de ellas es Cleiner Almanza, defensora de derechos de las comunidades desplazadas, quien se encontraba en la capital para cumplir una cita con la fiscalía, otra con la defensoría del pueblo y precisamente quería ir al ministerio del interior para que le asignaran otro escolta. Cleiner a pesar de estar “protegida” (por orden de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos) por el Estado fue víctima de amenazas, golpizas (en las que fue interrogada, pedían información sobre una de sus compañeras) y abuso sexual.


Este caso resulta aun más grave, porque es la cuarta vez que Cleiner es víctima de estos atropellos, lo que prueba claramente que las medidas de seguridad no responden a las necesidades de las personas amenazadas (sobre todo porque la función de protección puede estar atravesada por connotaciones de clase, genero, posición social, etnia, etc., es decir, los escoltas están formados para proteger a gente “importante”); que parte de las personas que las están protegiendo pertenecen al mismo estamento que ha sido victimario (pues el ejercito es uno de los instrumentos fundamentales de la fuerza del poder estatal y es el estado quien está a cargo de la “seguridad” de estas mujeres) y que como raro son casos que han quedado en la impunidad.


El día que fue violada, Cleiner intentó pedir ayuda a la policía, y la única respuesta de ellos fue burlarse, señalarla de borracha por el estado de angustia y preocupación en el que se encontraba y a pesar de las declaraciones que estaba dando y de informar quien era, las autoridades no hicieron nada, por el contrario agudizaron su lamentable estado. Cleiner declara que sintió mucha angustia y desesperación por la actitud de la policía hasta el punto de pensar que podía ser una trampa, pues ella había visto en varias ocasiones como la policía entrega niñas menores de edad a  paramilitares. Como si fuera poco al entablar la denuncia en la fiscalía, su declaración fue objeto de duda, su testimonio no fue tomado en serio. La fiscalía afirmo que se iba hacer cargo del caso, que iban a investigar todo lo que estaba diciendo y que si encontraban que alguna parte de su relato no era preciso estaría cometiendo un delito. Este testimonio no es nuevo, ni esta situación es rara, los pobres así sean las víctimas, siempre terminaran siendo los culpables y pagando por ello, la voz de las victimas  nunca será tomada en cuenta, y nunca será cierta.


Por otro lado, como antecedentes de estos casos, en junio del 2011 aparecen una serie de panfletos en los que son amenazadas e intimidadas varias mujeres, hombres y organizaciones, sobre todo defensoras de derechos humanos, en nombre de “los rastrojos” y las “águilas negras”, lo cual comprueba que la política del terror sigue azotando a todos los sectores del país, que los paramilitares en Colombia aun existen y responden a las políticas del gobierno de turno, como lo muestran de forma contundente en sus diferentes comunicados.


Por último, es fundamental entender como el abuso sexual ha sido siempre un arma de guerra, la cual se utiliza como forma de instrumentalización, humillación, y desvalorización de la mujer, se convierte en otra forma de dominación y control, tanto físico como psicológico, es un mensaje de terror e intimidación para la población femenina. En este sentido ante la pregunta ¿Es posible, como dicen algunos funcionarios escépticos, que las mujeres exageren estos ataques? hecha por una periodista, Cleiner afirma: “Ninguna mujer puede inventarse el dolor que produce un abuso sexual sin que se le note. La tragedia de las víctimas de este delito en todo el mundo, además de que sufren la peor humillación que una mujer puede padecer, es que casi nadie les cree porque la violación no es comprobable sino en determinadas circunstancias”