2 de octubre de 2012

SOBRE LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Y LA VIGENCIA DEL MATERIALISMO HISTÓRICO.






Por Fernando Sacamuelas

La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado (…) La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria.[1]                                                                


1.       La contingencia del movimiento social chileno y su posible análisis materialista
Los movimientos sociales acontecidos en Chile durante los últimos dos años, lo vuelven hoy en día uno de los lugares hacia donde la mayoría de los ojos rebeldes de Nuestra América han decidido posar por un instante la mirada. Hoy, a 39 años del trágico despegar de aquéllas aviones cargadas de traición, las masas explotadas o los individuos simplemente agobiados, han dicho basta. Miles, a lo largo y ancho del último país del orbe, se han organizado bajo ideales que, para los criticones y dogmaticos de siempre, rozan los anhelos y/o métodos de esos “sintomáticos pataleos pequeño-burgueses”, pero que para el que siente esta lucha como suya, no son otra cosa que la traducción natural (no por eso espontanea) del retumbar consiente de los gritos desesperados de una sociedad que demanda, de una vez por todas y para siempre, la dignidad arrebatada.
Este rugir social, que los medios masivos de comunicación acreditan bajo la “espontaneidad” o la consecuente moda “de una ola de protestas a nivel mundial”, para quienes lo vemos y vivimos desde adentro, resulta más bien un saludable reordenamiento de los movimientos sociales y políticos que componían, la hasta hace poco, palidecida concatenación de fuerzas en las grandes (y vacías) alamedas.[2] Reestructuración que puede responder, no sin considerables diferencias, hacia patrones cercanos a los de una lucha popular prolongada (que sea capaz de desestabilizar no solo el gobierno sino también el régimen) que diversos movimientos de izquierda han venido planteando como programa estratégico durante decenios.

Es verdad, estamos en una era en que los países de América Latina han sobrevivido asumiendo tristemente el peso de sus yugos y su rol de lacayos dependientes, económica y culturalmente, de las grandes potencias occidentales; pero esa tragedia imperial no quita, que de las diversas “crisis” que el mismo sistema capitalista se auto inflige periódicamente para reagrupar sus fuerzas,  se dé paso a la fecundación, en su propio vientre, de movimientos sociales sinceros, radicales y por tanto contundentes.
Es que los movimientos sociales en América Latina y el mundo, ya no nacen por santa concepción, menos prematuramente, más bien en su gesta se encuentran mediados por distintas redes que zurcen y acumulan las situaciones concretas que llevan a los sujetos hacia el hastío sistémico, y por tanto lo empujan a unirse y organizarse en pos de la desestabilización de un aparente “orden existente” que carece cada vez mas de humanidad. Un momento particular de un periodo en donde la conformidad con lo visto y lo vivido, se ha vuelto por más o menos motivos, por más fuertes o débiles convicciones, profundamente insostenible para la gran mayoría.
Parece que en última instancia, estos procesos sociales están determinados a tomar fuerza e insinuarse para sus diversos horizontes como una válvula de escape, necesaria e inminente, ante la línea de miseria y desigualdad que el capitalismo imperial (y su liberalismo refaccionado: el Neo-liberalismo) agita como una bandera invisible hace siglos. Esta necesidad, claro está, tiene un sentido más bien de urgencia, de prisa organizativa, de agilidad y unidad de acción y no de pugnas egocéntricas por el “rol protagónico” en la vanguardia o de recaídas en las ya conocidas pestes ortodoxas que nos llevan a esperar pasivamente lo que tiene mecánicamente que acontecer.
Quien quiera entender al hombre, sea dese su composición biológica, su espiritualidad, sus valores, su cultura o su actuar, debe antes detenerse y observar a su alrededor, debe poner bajo juicio las condiciones materiales de existencia que una sociedad o un hombre posea, los patrones que se repiten y las consecuentes injusticias que se multiplican, para comprender así, lo que la propia sociedad o el ser humano piensa de sí mismo. Asumir, tal como la concepción marxista de la historia lo recomienda, que el hombre debe abrigarse, comer y tener donde dormir antes de hacer política, ciencia arte o religión. Así mismo, debemos comprender y transparentar los modos y relaciones de producción que en una determinada sociedad acontecen, para entender y transparentar toda su compleja e invertida edificación ideológica. Tal como lo reafirma F. Engels ante la tumba de Marx, este es un hecho sencillo, pero que por su misma simpleza y claridad nos lo es ocultado bajo un tupido manto de maleza ideológica.
Dentro de este proceso analítico y constructivo, el marxismo nos entrega un análisis concreto sobre la constante superación de un estado social por sobre otro. Lo hace, lo piensa y discute, precisamente porque su reflexión ataca y ocupa la existencia concreta y real del hombre en cuanto tal. Es decir, en cuanto creador y constructor de su entorno y por ende de su historia. Historia pasada y reciente, que debe ser llevada a juicio, para sacar de dicha introspección colectiva, nuestras conclusiones sobre lo bien obrado o lo rotundamente mal hecho. El arremetimiento trastocador sobre lo existente, tiene un solo fin: vencer; pero ello será difícil si no se sacan lecciones de estos 700 días de lucha en Chile y por qué no, también de los más de 500 años de resistencia en Latinoamérica.
Valdría preguntarse entonces: ¿Cómo no hacer la distinción entre conservadores y revolucionarios? ¿Serán esos conceptos los que fundamentan otros como “izquierda”, “derecha”, “progresistas”, “liberales”, “demócratas” o “republicanos”? debe ser que, analizando a conciencia las condiciones precarias en que la gran mayoría de los seres humanos viven mientras la pequeña minoría se hace cada día más rica, no quedará otra opción que decidir entre justificar el orden existente o luchar por derrocarlo definitivamente para construir algo nuevo.

2.       Apéndice sobre el Materialismo Histórico y su posible rol de “consejero”
“Materialismo histórico es el nombre que Marx y Engels dieron a su concepción de la historia. El nombre tenía su justificación histórica en el hecho de que contra la concepción idealista de Hegel y bajo el influjo del humanismo naturalista y voluntarista de Feuerbach, los dos fundadores del comunismo critico querían atribuir la función de principio motor de la historia al sistema de las necesidades humanas sociales, consideradas por Hegel solamente materia y medio de la razón”[3]

La teoría marxista no es un recetario para declamar de memoria, tampoco una biblia con la cual pasearse bajo el brazo por la plaza pública, el marxismo es una síntesis teórico-practica sobre la vida real del ser humano y la cardinal importancia que para su desarrollo (o aprisionamiento) tiene la intrincada relación entre conciencia y ser social.
El marxismo logra ser esencialmente controversial por el hecho básico de que no pretende convertirse en un “recetario” de fórmulas para un correcto análisis económico o para una acertada acción política. Los debates inherentes a la concepción marxista de la historia nacen entonces de este mismo hecho, que no es estático sino dialéctico y que está sujeto permanentemente a cambios. Al ser dialéctico destaca dos características de lo real, lo histórico y lo dinámico, de ahí que sea potencialmente revolucionario.

Si el marxismo designa una síntesis de práctica política sustentada en una teoría económica, histórica y filosófica, lo hace siempre a partir del hombre real. Incluye en sí, una fundamentación dialéctica sobre los antagonismos reales que, comprendiendo la lucha de clases como motor de la historia, basa la emancipación del estado denigrante en que se encuentra el hombre en la superación práctica y revolucionaria de aquellas trabas que entorpecen su progreso.
Por eso, quien quiera transitar cerca de la raíz de la propuesta de Marx y Engels, debe procurar una lectura analítica y crítica de aquellos textos que estén directamente relacionados y contengan mención explícita a los principios que determinan su concepción marxista de la historia, para entenderla no solo como una teoría científica sujeta a determinadas leyes objetivas, sino más íntegramente, como método para el análisis, el fortalecimiento y la lucha liberadora de los movimientos sociales al interior de un modo de producción específico.  
Se trata de percatarnos, como la propuesta que Marx y Engels nos hacen hace más de un siglo y medio, no tiene fecha de expiración, ni padece de perennidad por una simple razón: cuando la teoría relata realidad (o es capaz de otorgarnos un método para des-cubrirla) no pasa de moda.
Y más importante aún: es atingente en todo periodo a todos los movimientos sociales de los olvidados de siempre que busquen acabar con las contradicciones que fundamentan su miseria.

El materialismo histórico, como medula del marxismo posee a su vez a «la filosofía de la praxis» como su núcleo, es decir a la actividad humana que trastoca y modifica su entorno. De ahí que su estudio sea fundamental y sus conceptos deban ser permanentemente discutidos y aclarados.                                           
Con su filosofía de la praxis, Marx realiza el tránsito al historicismo y pone a la humanidad dinámicamente en relación y lucha continua consigo misma, con sus creaciones históricas y con la propia actividad pasada, creadora de condiciones y relaciones sociales determinadas pero siempre modificables. En este sentido, la filosofía de la praxis significa concepción de la historia como creación continua de la actividad humana, mediante la cual el hombre se desarrolla y se produce a sí mismo como causa y efecto.

Trátese de transparentar que cuando se habla de filosofía de la praxis, es de una forma particular de entender la filosofía marxista, que parte de la práctica revolucionaria del sujeto y por tanto del cambio de conciencia que esto presupone. Nos vemos aquí ante la obligación de defender los principios prácticos de la teoría marxista, principalmente si nos referimos al desarrollo que este pensamiento tuvo en Europa a principios del siglo pasado. Años en que, luego de la muerte de Engels, el materialismo histórico quedó permeable a las tergiversaciones de pensadores reformistas, siendo simplificado al punto de estatuir su elemento primario en la reducción de todos los demás factores a uno solo: el económico. El marxismo pasó tristemente a transformarse en una “llave maestra” que servía para la explicación de todos los problemas, ya no como método permanente de estudio, sino como un recetario válido para todo tiempo y lugar.

A este espíritu resueltamente anti-dialéctico, dogmático y excesivamente teórico, se enfrentaron autores como Gramsci o Lukács (por nombrar solo algunos). Lo hicieron, no sólo pugnando por recobrar el valor originariamente práctico que tenían los primeros escritos de Marx, sino también por devolverle su carácter humano y dinámico. Se trataba de restablecer a la concepción critico-práctica de la historia de graves malentendidos, pues la dialéctica real, que Marx opuso a la hegeliana, estaba siendo interpretada casi mecánicamente, concibiendo a los hombres como objetos pasivos de la historia antes que actores y autores de ella.

Por último, vale decir, que el concepto de filosofía de la praxis se torna central e imprescindible porque ayuda a rescatar los fundamentos dialécticos y no estáticos, históricos y no etapistas del materialismo histórico de Karl Marx, y nos invita a una reflexión sobre la posibilidad de entender el marxismo en su carácter humanista, histórico y praxiológico.
Un buen objetivo sería demostrar que las interpretaciones de pensadores tildados a veces despectivamente como “humanistas”, no son interpretaciones aisladas ni realizadas al calor de presupuestos revolucionarios subjetivos o «ultraizquierdistas». La recepción humanista y dialéctica que algunos autores hacen de la teoría marxista, son más bien, interpretaciones que coinciden con lo que Marx y Engels pretendían articular.                                                                                            
Por eso, de pasar por alto el rol esencialmente práctico y revolucionario que el sujeto histórico posee al hacer un diagnostico materialista de la historia, nos situaríamos irremediablemente en el lugar de los que de brazos cruzados aguardan el avance “automático” de aquella rueda de la historia que trae, en su tortuoso andar, nuestro destino ya preconcebido.
F.S
sacamuelasfernando@gmail.com


[1] MARX, Karl. Tesis sobre Feuerbach, Tesis III, texto incluido en: Engels, “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”.  Editorial Lautaro, buenos aires 1946.Pág. 92.
[2] Con “hasta hace poco” me refiero a el proceso de reacomodación de la nueva política “democrática transicional” que estuvo acompañada por la pasividad de los movimientos de masas durante al ultima década de los noventa y la primera de este nuevo siglo, “siesta” interrumpida en el 2006 por la “revolución pinguina” que devino, lamentablemente, en reforma parcial.
[3] MONDOLFO, Rodolfo. “Feuerbach y Marx: La dialéctica y el concepto marxista de la historia”. 2da ed. Buenos Aires: Claridad, 2006.